Hace unos días asistí a una reunión del Colegio de Arquitectos en la que un invitado, no arquitecto, desarrolló una ponencia sobre la proyección de Villahermosa hacia 2050. De todo lo expuesto, resumiría así lo que a mi juicio le dio relevancia: influir positivamente en el diseño de Villahermosa requiere pasar de la recreación mental de lo posible a la construcción de lo factible, mediante un plan con varias ramificaciones y objetivos claros.
Las opiniones ahí presentadas me llevaron a otra pregunta. En este momento se construyen o proyectan varias clínicas y hospitales de alta especialidad en distintos puntos de la ciudad. ¿Existe detrás de su localización una política urbana que considere conjuntamente lo que significarán en vivienda, servicios, infraestructura, movilidad, actividad económica y crecimiento? ¿Estamos preparados para absorber lo que producirán a su alrededor? Es parte de lo que he venido tratando en estos artículos, pero merece un análisis propio y habrá que dejarlo para después.
En aquella reunión, inevitablemente, terminamos imaginando hacia dónde va la ciudad. Imaginar Villahermosa en 2050 es relativamente sencillo. Podemos verla más compacta o más extensa, con nuevas centralidades, sistemas de transporte, parques, edificios y tecnología. Las posibilidades son casi infinitas. El problema comienza cuando dejamos de preguntarnos qué es posible y preguntamos qué es factible.
Tenemos ya algunas restricciones para intentarlo. En los dos artículos anteriores reconstruimos de dónde venimos y tratamos de entender dónde estamos. Reunimos población, territorio, vivienda, movilidad, suelo disponible y crecimiento urbano; observamos las direcciones de expansión y empezamos a contrastar ciudad orgánica y planeada, centro y periferia, vivienda y empleo, expansión y aprovechamiento del suelo existente. Podemos entonces hacer un ejercicio distinto: no imaginar 2050 desde una hoja en blanco, sino colocar sobre una misma línea de tiempo lo que sabemos y preguntarnos qué podemos hacer con ello.
No todo debe ni puede detonar al mismo tiempo. Durante los próximos años podríamos empezar averiguando cuánto del crecimiento inmediato cabe todavía dentro de Villahermosa. En el año 2000 los instrumentos de planeación registraban 948.7 hectáreas de terrenos baldíos dentro del área urbana. Necesitamos saber cuánto queda, dónde está, qué infraestructura tiene y qué capacidad real posee para recibir vivienda, actividad económica o equipamiento. Si proyectamos población, calculamos hogares y estimamos viviendas, podemos convertir habitantes en hectáreas y confrontar la demanda con el suelo urbanizado disponible.
Pero disponer de suelo no significa que debamos ocuparlo indiscriminadamente. Entre una idea y una propuesta existe una diferencia fundamental: la profundidad con que se analiza. Durante la reunión, uno de los asistentes utilizó una expresión particularmente gráfica: evitar crear “tumores cancerígenos” que, pretendiendo resolver un problema localizado, terminen deteriorando grandes zonas de la ciudad. Densificar un terreno, construir un gran equipamiento o introducir una actividad nueva puede modificar tráfico, valor del suelo, infraestructura, usos vecinos y formas de habitar mucho más allá del predio intervenido.
Por eso no basta localizar baldíos. Habrá que saber cuáles tienen infraestructura, cuáles son vulnerables, cuáles pueden soportar mayor intensidad, qué actividades conviene incorporar, cuáles deberían permanecer libres y qué consecuencias produciría cada decisión. La profundidad del análisis dependerá de la complejidad del problema. No todas las decisiones necesitan los mismos datos ni deben atravesar los mismos tamices.
Al mismo tiempo, la periferia seguirá creciendo. Pomoca, Bosques de Saloya, Parrilla, Ocuiltzapotlán, Macultepec, Country, Altozano y otros desarrollos y corredores son ya parte de la ciudad que estamos construyendo. En los siguientes años el problema no debería reducirse a detener o permitir esa expansión, sino a completar la ciudad que allí se forma. Vivienda no es necesariamente ciudad. Hacen falta empleo, escuelas, salud, comercio, servicios, espacio público, infraestructura y conexiones. Si identificamos lugares donde esas funciones ya comienzan a concentrarse, quizá podamos fortalecer centralidades emergentes en lugar de inventarlas.
Mientras aprovechamos la ciudad existente y completamos nuevas concentraciones urbanas, otra realidad continuará avanzando: la conurbación. Villahermosa ya desborda algunos de los límites con los que seguimos intentando explicarla. La relación con Nacajuca es el caso más evidente. A quince o veinticinco años, vivienda, movilidad, infraestructura, agua, empleo y servicios difícilmente podrán pensarse exclusivamente desde fronteras municipales. No significa necesariamente fusionar municipios; significa reconocer que determinados problemas pertenecen ya a otra escala.
Todo esto puede ocurrir simultáneamente y a velocidades distintas. Una ciudad más compacta no excluye nuevas centralidades periféricas; éstas no impiden nuevos desarrollos; una estructura metropolitana no elimina barrios ni tejidos existentes. El problema no consiste en escoger una única forma de ciudad, sino en conseguir que transformaciones distintas puedan formar parte de una misma política urbana.
Y existe una condición que atraviesa cualquier horizonte: el territorio. El agua, la inundabilidad, el drenaje, los humedales, las características del suelo y nuestro clima no pueden aparecer al final del proyecto como problemas por resolver. Son datos iniciales. Deben ayudarnos a decidir dónde crecer, dónde densificar, dónde conservar y dónde simplemente no construir.
Pensar Villahermosa hacia 2050, entonces, no consiste solamente en fijar un destino. Una ciudad llega al futuro mediante miles de decisiones tomadas durante el trayecto. Algunas pueden comenzar ahora y producir resultados dentro de veinte años; otras responderán a condiciones que todavía no existen. Por eso importa el objetivo, pero importan tanto como él la secuencia, la simultaneidad y la relación entre las decisiones que nos conduzcan hasta allí.
Eso exige una metodología flexible, adaptable a la complejidad de cada reto y dispuesta a evolucionar cuando la realidad contradiga nuestras previsiones. Más datos no significan necesariamente mejor análisis; importan los datos pertinentes y las relaciones que seamos capaces de descubrir entre ellos. Planear también significa comprobar durante el recorrido qué efectos estamos produciendo y tener capacidad para corregir.
Pero un método que pretenda atravesar cinco, diez o veinticinco años necesita algo más: alguien que cuide el rumbo. Villahermosa cuenta desde 2004 con un instituto creado, al menos formalmente, para contribuir a la continuidad de su planeación urbana: el IMPLAN. Sobre el papel posee autonomía técnica y administrativa. Pero una institución no adquiere autonomía porque ésta aparezca escrita en su reglamento, ni demuestra su eficacia por la cantidad de planes que produce. Su verdadera medida está en cuánto consigue que el conocimiento técnico intervenga en las decisiones que finalmente construyen la ciudad.
Saber si el IMPLAN dispone realmente de autonomía, recursos, capacidad técnica, continuidad y autoridad suficiente para coordinar un proceso que rebasa administraciones municipales —e incluso límites municipales— merece una pregunta aparte. Volveremos a ella.
El futuro de Villahermosa quizá no dependa tanto de inventar una ciudad nueva como de terminar de construir la que ya empezamos. Terminarla no significa congelarla: significa completarla, transformarla y permitir también otras formas de ciudad cuando los datos, las necesidades y el tiempo demuestren que son pertinentes.
Una ciudad no llega al futuro cuando alcanza una meta. Lo construye mediante la sucesión de decisiones que toma para llegar a ella. Planear Villahermosa hacia 2050 no significa decidir hoy exactamente cómo deberá ser dentro de veinticinco años. Significa construir desde ahora el conocimiento, el método y las instituciones capaces de tomar mejores decisiones durante esos veinticinco años.
Porque el verdadero plan quizá no sea el dibujo de la ciudad a la que queremos llegar. El verdadero plan es construir la capacidad de llegar a ella.
Por Rudy Lara Alvarez

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Fuente: Ahora Tabasco
