Villahermosa, Tabasco

David Morales

El 2 de julio de 1915 falleció en París, Francia, Porfirio Díaz, militar, político y una de las figuras más influyentes y controvertidas de la historia de México. A los 84 años murió lejos del país que gobernó durante más de tres décadas, luego de haber abandonado el poder tras el triunfo inicial de la Revolución Mexicana. Su legado continúa siendo objeto de debate entre historiadores, quienes reconocen tanto el crecimiento económico y la modernización alcanzados durante su gobierno como las profundas desigualdades sociales y la falta de libertades políticas que caracterizaron al llamado Porfiriato.

José de la Cruz Porfirio Díaz Mori nació el 15 de septiembre de 1830 en la ciudad de Oaxaca. De acuerdo con el historiador Paul Garner en Porfirio Díaz. Del héroe al dictador, inició su carrera militar durante la Guerra de Reforma (1858-1861), donde combatió bajo las órdenes del presidente Benito Juárez en defensa del proyecto liberal. Posteriormente alcanzó reconocimiento nacional por su participación en la Segunda Intervención Francesa, destacando en la Batalla de Puebla y en la recuperación de la Ciudad de México en 1867.

Tras varios intentos fallidos por alcanzar la Presidencia, Díaz encabezó el Plan de Tuxtepec en 1876, movimiento que derrocó al presidente Sebastián Lerdo de Tejada. A partir de entonces inició un periodo conocido como el Porfiriato, que se prolongó, con una breve interrupción entre 1880 y 1884, hasta 1911. Según la Historia General de México, publicada por El Colegio de México, durante esos años el país experimentó una notable estabilidad política después de décadas de guerras civiles e intervenciones extranjeras.

Uno de los principales rasgos del Porfiriato fue la modernización económica. Investigaciones del historiador Daniel Cosío Villegas documentan que durante este periodo la red ferroviaria pasó de poco más de 600 kilómetros en 1876 a cerca de 20 mil kilómetros al finalizar el régimen, facilitando el comercio, la integración territorial y la inversión extranjera. Asimismo, crecieron la minería, la industria, las telecomunicaciones y los servicios financieros, mientras que ciudades como la Ciudad de México comenzaron a transformarse con obras públicas, alumbrado eléctrico y nuevas vialidades.

Sin embargo, ese crecimiento no benefició por igual a toda la población. El historiador Friedrich Katz y el investigador John Womack Jr. coinciden en que el desarrollo económico estuvo acompañado por una fuerte concentración de la riqueza, la expansión de las grandes haciendas y el despojo de tierras comunales indígenas mediante leyes de deslinde. Miles de campesinos quedaron sujetos al peonaje por deudas, mientras que los trabajadores enfrentaban largas jornadas laborales y escasas garantías sociales.

En el ámbito político, el régimen se caracterizó por el control del poder. La reelección continua, la censura, la persecución de opositores y el uso de los llamados jefes políticos permitieron mantener la estabilidad, pero también limitaron la vida democrática. Según el historiador Charles A. Hale, el proyecto porfirista privilegió el orden y el progreso sobre la participación política, consolidando un gobierno centralizado respaldado por el Ejército y un grupo de asesores conocidos como los «científicos».

La inconformidad social y política comenzó a crecer a principios del siglo XX. La entrevista concedida por Díaz al periodista estadounidense James Creelman en 1908, donde manifestó que México estaba preparado para la democracia, alentó la formación de nuevos movimientos políticos. Uno de ellos fue encabezado por Francisco I. Madero, quien tras denunciar el fraude electoral de 1910 proclamó el Plan de San Luis e inició la Revolución Mexicana.

Después de la firma de los Tratados de Ciudad Juárez en mayo de 1911, Porfirio Díaz presentó su renuncia y partió al exilio a bordo del buque alemán Ypiranga. Vivió primero en España y posteriormente se estableció en París junto con su esposa, Carmen Romero Rubio. Durante sus últimos años siguió con atención las noticias sobre la Revolución, aunque nunca regresó a México.

El 2 de julio de 1915 murió en la capital francesa mientras México atravesaba una de las etapas más violentas de la lucha revolucionaria. Fue sepultado en el Cementerio de Montparnasse, donde sus restos permanecen hasta la actualidad. En distintas ocasiones se ha planteado su posible repatriación, aunque ninguna iniciativa ha prosperado por el simbolismo histórico que representa su figura.

Más de un siglo después, el legado de Porfirio Díaz sigue siendo motivo de análisis. Para Paul Garner, comprender al personaje exige reconocer tanto los avances materiales impulsados durante su gobierno como las contradicciones que terminaron alimentando la Revolución Mexicana. Su administración dejó importantes obras de infraestructura, consolidó al Estado nacional y abrió la economía al capital extranjero, pero también profundizó desigualdades sociales y restringió las libertades políticas, factores que marcaron el rumbo del México contemporáneo.

Fuente: Diario Avance

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