David Morales
El 26 de junio de 1811 fueron fusilados en Chihuahua los insurgentes Ignacio Allende, Juan Aldama y José Mariano Jiménez, tres de los principales dirigentes del movimiento que dio inicio a la Guerra de Independencia de México. Su ejecución representó uno de los golpes más severos para la insurgencia en su primera etapa, aunque no logró detener una lucha que continuaría durante más de una década hasta la consumación de la independencia en 1821.
Los tres caudillos formaban parte del grupo que, junto con Miguel Hidalgo y Costilla, organizó el levantamiento iniciado la madrugada del 16 de septiembre de 1810. La Historia General de México, publicada por El Colegio de México, señala que Ignacio Allende, capitán del Regimiento de Dragones de la Reina en San Miguel el Grande, fue uno de los principales promotores de la conspiración de Querétaro y poseía una sólida formación militar que resultó fundamental durante los primeros meses del movimiento insurgente.
Por su parte, Juan Aldama, también militar de carrera, participó activamente en las reuniones conspirativas encabezadas por Allende, mientras que José Mariano Jiménez, ingeniero formado en el Real Seminario de Minería, se incorporó al movimiento tras el Grito de Dolores y destacó rápidamente por su capacidad para organizar tropas y dirigir operaciones militares. El historiador Ernesto de la Torre Villar explica que Jiménez fue uno de los estrategas más eficaces de la primera campaña insurgente, logrando importantes victorias en el norte de la Nueva España.
Durante los primeros meses de la guerra, los insurgentes obtuvieron importantes triunfos como las tomas de Guanajuato y Valladolid. Sin embargo, la derrota sufrida el 17 de enero de 1811 en la Batalla del Puente de Calderón cambió el rumbo del conflicto. Según el historiador Luis Villoro en El proceso ideológico de la Revolución de Independencia, la derrota obligó a los dirigentes insurgentes a dirigirse hacia el norte con la intención de reorganizar sus fuerzas y buscar apoyo en los Estados Unidos.
El plan nunca pudo concretarse. El 21 de marzo de 1811, Hidalgo, Allende, Aldama, Jiménez y otros jefes insurgentes fueron capturados en las Norias de Acatita de Baján, en Coahuila, tras la traición encabezada por el militar realista Ignacio Elizondo. Investigaciones del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México y documentos resguardados por el Archivo General de la Nación indican que los prisioneros fueron trasladados a Chihuahua, donde enfrentaron procesos militares acusados de alta traición contra la Corona española.
Tras ser sometidos a juicio, Ignacio Allende, Juan Aldama y José Mariano Jiménez fueron condenados a muerte. La sentencia se cumplió el 26 de junio de 1811 mediante fusilamiento. Como medida ejemplar para desalentar nuevas rebeliones, las autoridades virreinales ordenaron decapitar los cuerpos y exhibir sus cabezas en las esquinas de la Alhóndiga de Granaditas, donde permanecieron expuestas durante casi diez años. El historiador José Luis Martínez señala en su biografía de Hidalgo que esta práctica buscaba infundir temor entre la población y demostrar el poder de la monarquía española.
Aunque la pérdida de sus principales dirigentes representó un duro golpe para la insurgencia, el movimiento no desapareció. Semanas después también sería ejecutado Miguel Hidalgo, pero la lucha continuó bajo el liderazgo de José María Morelos y Pavón, quien reorganizó la resistencia y dio un nuevo impulso político y militar a la causa independentista.
Para el historiador Luis Villoro, las ejecuciones de junio y julio de 1811 marcaron el final de la primera etapa de la Independencia, caracterizada por levantamientos populares y campañas militares improvisadas, pero también dieron paso a una fase de mayor organización política encabezada por Morelos, cuyo proyecto culminaría con la elaboración de los Sentimientos de la Nación y el Congreso de Chilpancingo.
Fuente: Diario Avance
