Villahermosa, Tabasco

David Morales

En septiembre de 1976 la momia del faraón Ramsés II abandonó Egipto con destino a Francia para someterse a un complejo proceso de conservación científica. El traslado se convirtió en uno de los episodios más singulares de la arqueología moderna, pues involucró acuerdos diplomáticos, controles aduaneros, estudios médicos y medidas legales similares a las aplicadas a un jefe de Estado contemporáneo.

La preocupación comenzó años antes en el Museo Egipcio de El Cairo, donde especialistas detectaron un deterioro progresivo en los restos del faraón. Estudios posteriores realizados por laboratorios franceses identificaron la presencia de hongos, bacterias y daños derivados de la humedad acumulada durante siglos. El caso fue documentado por organismos científicos franceses vinculados al programa de conservación patrimonial ARC-Nucléart, institución especializada en la preservación de materiales arqueológicos mediante tecnología nuclear.

El arribo de la momia a Francia quedó registrado oficialmente por el Institut national de l’audiovisuel, organismo público encargado de conservar archivos audiovisuales históricos franceses. El material muestra la llegada del cuerpo al aeropuerto de Le Bourget, en Paris, donde recibió honores protocolares reservados habitualmente para mandatarios extranjeros.

Tras su llegada, la momia fue trasladada al Musée de l’Homme, institución adscrita al Muséum national d’Histoire naturelle. Allí participaron decenas de especialistas en antropología física, paleopatología, microbiología y conservación arqueológica. Los investigadores realizaron radiografías, análisis microscópicos y estudios anatómicos que permitieron obtener nuevos datos sobre la salud del faraón y el estado de conservación de los tejidos.

Entre los hallazgos más relevantes se encontraron evidencias de artritis avanzada, desgaste severo de la dentadura y problemas óseos asociados a la edad. Publicaciones académicas francesas dedicadas al estudio paleopatológico de Ramsés II describen que el gobernante padecía importantes afectaciones físicas al final de su vida, aunque aun así alcanzó una longevidad excepcional para su época.

Uno de los elementos que más notoriedad dio al caso fue la afirmación de que la momia recibió un pasaporte oficial egipcio. Aunque la imagen viral del supuesto documento ha sido desmentida por verificadores documentales y no existe una copia oficial pública autenticada, investigadores coinciden en que sí fueron emitidos permisos especiales de identificación y traslado para permitir la entrada legal de los restos a Francia. Debido a que se trataba simultáneamente de restos humanos y patrimonio histórico nacional, el transporte internacional requirió protocolos diplomáticos y sanitarios excepcionales.

El tratamiento principal aplicado en Francia consistió en irradiación gamma controlada para eliminar microorganismos sin dañar los tejidos antiguos. Documentos técnicos de ARC-Nucléart señalan que este procedimiento representó uno de los ejemplos más importantes de aplicación de tecnología nuclear en conservación arqueológica durante el siglo XX.

Después de varios meses de estudios e intervención científica, la momia de Ramsés II regresó a Egipto en mayo de 1977. El episodio continúa siendo uno de los casos más extraordinarios de cooperación internacional para la preservación del patrimonio antiguo y un ejemplo de cómo una figura fallecida hace más de tres mil años terminó enfrentando requisitos burocráticos propios del mundo contemporáneo.

Fuente: Diario Avance

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