Villahermosa, Tabasco

David MOrales

Durante generaciones, la biodiversidad se ha explicado a partir de dos grandes componentes, la flora y la fauna. Sin embargo, esa forma de entender la naturaleza dejaba fuera a un reino completo de organismos cuya existencia resulta indispensable para el equilibrio de los ecosistemas. Con la reciente incorporación del término «funga» al Diccionario Cambridge, científicos y especialistas consideran que comienza a saldarse una deuda histórica con los hongos.

La incorporación de la palabra al Cambridge Dictionary no representa únicamente una actualización del idioma. El diccionario define «funga» como el conjunto de hongos que habitan una región o un periodo determinado, del mismo modo que la flora agrupa a las plantas y la fauna a los animales. Su inclusión responde al creciente uso del término tanto en publicaciones científicas como en iniciativas de conservación ambiental.

Aunque para muchas personas los hongos suelen asociarse únicamente con alimentos o especies venenosas, constituyen uno de los pilares de la vida en la Tierra. De acuerdo con la Fungi Foundation, organización internacional dedicada a la investigación y conservación de este reino biológico, la ausencia de un término equivalente a flora y fauna ha contribuido durante décadas a invisibilizar a los hongos dentro de las políticas públicas, la educación y las estrategias de protección de la biodiversidad.

Fue precisamente esta organización la que impulsó la campaña internacional «Fauna, Flora, Funga», cuyo propósito consiste en reconocer formalmente que los hongos conforman un reino independiente y merecen ser considerados al mismo nivel que plantas y animales cuando se habla de conservación. La iniciativa ha sido respaldada por numerosos micólogos y divulgadores científicos, entre ellos el biólogo británico Merlin Sheldrake, autor del libro Entangled Life, una de las obras más influyentes sobre el estudio de los hongos en los últimos años.

El reconocimiento tiene un sólido respaldo científico. Desde finales del siglo XX la biología clasifica a los hongos dentro del reino Fungi, separado del reino vegetal y del animal debido a sus diferencias genéticas, fisiológicas y evolutivas. Sin embargo, esa clasificación pocas veces ha trascendido al lenguaje cotidiano, donde continúa predominando la expresión «flora y fauna» como sinónimo de toda la biodiversidad.

Especialistas advierten que esta omisión tiene consecuencias más allá del lenguaje. Según la Fungi Foundation, los hongos participan en prácticamente todos los procesos que mantienen vivos a los ecosistemas. Son los principales responsables de descomponer la materia orgánica y reciclar nutrientes, establecen asociaciones simbióticas con aproximadamente el 90 por ciento de las plantas terrestres mediante redes de micorrizas, favorecen la fertilidad de los suelos, almacenan carbono y contribuyen al ciclo natural del agua y de diversos elementos químicos esenciales para la vida.

Su importancia también alcanza la salud y la alimentación humana. Diversas especies permiten elaborar productos como pan, cerveza, vino, quesos y alimentos fermentados, mientras que otras han dado origen a medicamentos que revolucionaron la medicina moderna, entre ellos la penicilina y diversos inmunosupresores utilizados en trasplantes de órganos, recuerda la revista Financial Times al analizar el creciente interés internacional por la conservación del reino Fungi.

La discusión ha comenzado a trasladarse al ámbito de las políticas ambientales. Durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Biodiversidad (COP16), celebrada en Colombia en 2024, Reino Unido y Chile promovieron que los hongos reciban un reconocimiento explícito dentro de los acuerdos internacionales de conservación, argumentando que las estrategias enfocadas únicamente en flora y fauna dejan fuera a un componente esencial de la biodiversidad.

En la misma línea, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) ya incorpora el concepto de «funga» en documentos técnicos recientes, reconociendo que la protección de la biodiversidad requiere considerar de manera diferenciada a los tres grandes componentes de los ecosistemas, animales, plantas y hongos.

Para el Diccionario Cambridge, la incorporación de una nueva palabra solo ocurre cuando existe evidencia suficiente de que ha alcanzado un uso amplio y sostenido en publicaciones académicas, medios especializados y comunicación cotidiana. En ese sentido, la llegada de «funga» refleja un cambio que comenzó hace varios años dentro de la comunidad científica y que poco a poco ha permeado hacia la sociedad.

Más que una nueva palabra, «funga» representa un cambio de perspectiva. Nombrar a los hongos como un componente propio de la biodiversidad no modifica únicamente el lenguaje, también invita a reconocer el papel silencioso que desempeñan bajo nuestros pies y del que dependen innumerables formas de vida. Después de décadas hablando únicamente de flora y fauna, la ciencia busca que el tercer gran reino de la naturaleza deje finalmente de permanecer invisible.

Fuente: Diario Avance

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