El asunto escaló a nivel nacional: mientras un grupo de artistas tabasqueñas danzaban ataviadas en trajes típicos —en el marco del Festival del chocolate, del año 2022—, frente a ellas, dos de las influencers invitadas para promocionar el evento seguían el ritmo de aquella música folclórica, entre risas cargadas de burla a como lo entendían: perreando. Dejando de lado la incompetencia de las autoridades estatales al momento de elegir a los jóvenes mediáticos que darían impulso al evento, el tema expone la sobrevaloración a quien se nombra influenciador.
Para Nietzsche, la danza pone en juego al espíritu dionisiaco, articula eso que se opone a lo apolíneo. En la danza, Dionisio hace suyo el cuerpo y lo contornea para ser uno con el mundo. La danza es ritualista y como todos los rituales —dijera bien Mircea Eliade— es repetitiva, esto es, busca rehacerse en cada oportunidad. Cada festival, aniversario, cada conmemoración es pretexto para que el ritual rememore un tiempo idílico, uno ya ausente, lejano, y que hacemos nuestro aunque sea en ese lapso. En la danza, la música atraviesa el cuerpo para un fin más allá de la mera catarsis. Los movimientos son simbólicos, acompasados, compartidos, confabulados, se realizan en conspiración para un otro no terrenal. Un manto místico cae sobre el cuerpo danzante que lo separa del resto, pues mientras este se mueve intenta crear conductos que lo comuniquen con lo divino. Danza es la llamada Danza de los viejitos, la del venado, la del Pochó, pero también en menor medida lo es la salsa, el danzón, el tango, incluso la cumbia. Ritmos todos regulados, medidos, ritmos donde el otro es importante.
Por otro lado, el baile es diversión no ritualista, al menos no en la dirección de la danza. En el baile, Dionisio esta ausente y Eros presente. El bailarín se erotiza. El baile es catarsis, pulsión pura, es desfogue, desanudo, desprendimiento, desamarre y desmadre, palabras con el prefijo ‘des’ que indica una negación del vocablo que acompaña. El baile es desinhibido e intenta liberarse de ese malestar en la cultura. Durante el baile la represión se torna prófuga y es justo en ese momento que los movimientos pueden deserotizar el cuerpo para sexualizarlo. Hace años, el llamado «baile de la botella» era sensación: las mujeres flexionaban las piernas al ritmo de la música, se agachaban cada vez más hacia el casco de una cerveza que las esperaba erecta en el piso. La relación botella/falo es obvia. El baile de la botella es un baile transgresor, claramente sexual y desvirgador. Ahí no hay ritual, solo esparcimiento insípido. Hoy el perreo continúa el papel insurrecto de ese baile, sus movimientos pélvicos simulan la cópula canina, convierte a los bailarines en bonobos que exhiben su hinchado trasero en celo, revierte lo humano y lo embute en esa animalidad primitiva que tanto queremos negar. Pulsión pura.
Ahora, hablemos de los generadores de contenido y los llamados influencers. El contenido contiene, es peso, cuerpo que le da forma a la envoltura, sin él esta es guanga, blanda y desabrida. Pero cuando todos creen hacer contenido es momento de repensar la definición. Hoy, muchas veces hacer contenido es solo publicar, hacer público. Por otra parte, el influencer influencia, o debería, su presencia o ausencia tendría que ser un agente de cambio.
Los influencers creadores de contenido contratados por el gobierno estatal en 2022 llevan dos mentiras en los adjetivos que definen su quehacer: no influencian y no contienen. Dejando en claro esto, ver perrear a dos de ellas frente a las hermosas danzantes sureñas no debería sorprender, es su respuesta simplona ante la pregunta profunda. Aquellas jóvenes llamadas influencers ante el momento dancístico bien pudieron tomar un video mientras daban su opinión acerca de lo llamativo del atuendo y lo rítmico de los movimientos o quizá solo debieron tomarse una banal selfie que atestiguara el momento, pero no, dada la intimidatoria presencia de Dionisio no supieron qué hacer e hicieron lo mejor que sabían: dieron la espalda al espectáculo y solo movieron las nalgas. Pulsión pura, se dijo.
Por: Alejandro Ahumada
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Fuente: Ahora Tabasco
