Patricia González/Desde el Cristal
Leer no es un acto de rebeldía actual. Siempre lo ha sido. Aunque hoy el valor de la lectura es cuestionado pero este acto es importante porque si tomas un libro o un documento necesitas la concentración para descifrar ideas, con un sentido crítico, detenerte en las palabras o las frases que conforman una oración. Así, quien lee es más consciente de la realidad que lo rodea, la idea de esa realidad no es simple como puede parecer a la mayoría. Leer es conjugar las palabras, ser más críticos de lo que somos y por qué estamos.
Vemos con cierta preocupación el que los jóvenes profesionistas no pueden comprender un simple párrafo, un fragmento, o una simple instrucción. Primero, porque para los jóvenes la mediatez es más importante que detenerse a reflexionar o “desperdiciar su tiempo”. Ellos se vuelven impacientes si les pides que se detengan en el pasaje o en un párrafo que puede sobresalir en un texto. Prefieren irse a consultar con la inteligencia artificial qué es lo que significa tal o cual cosa, cómo se hace esto o aquello, cómo debe sentirse o reaccionar una persona ante ciertas circunstancias. Los jóvenes no perderían el tiempo con una novela de más de seiscientas páginas si la inteligencia artificial puede sintetizarla en dos cuartillas. ¿Para qué leer las aventuras de un consultor inglés en el castillo del conde Drácula si en menos de dos horas puede ver esa misma historia digerida en una película? O ya ni siquiera eso, pues hoy con los famosos reels (videos breves) de 2 o 3 minutos ya lo saben todo acerca de la vieja y brumosa Transilvania. Sucede como el que lee las solapas de los libros para sentirse intelectual porque ya con eso lo sabe todo.
El desinterés o el desdén por el acto de leer porque se cree que es “aburrido” o porque la lectura solamente es un pasatiempo, ha aumentado con la llegada de las tecnologías inteligentes. Una persona puede pasar más de tres horas postrada en un sillón deslizando su índice por la pantalla de un teléfono inteligente, y no se dará cuenta cómo ha transcurrido el tiempo. Puede vivir ensimismada, ajena de la realidad que la rodea, completamente indiferente a lo cotidiano sin separarse de la pantalla.
La gente camina por las calles como zombis con sus audífonos y para ella el mundo no existe. Así atraviesan el tráfico en las avenidas sin fijarse en el sentido en que transitan los automóviles en la ciudad. Así han sucedido percances en los que las personas han perdido hasta la vida. Son sordos y ciegos inmersos en la dispersión de la era digitalizada, para ellos no hay tiempo, las 24 horas del día no son suficientes porque la vida vuela. La vida pasa vertiginosa.
La lectura ayuda a conectar ideas, comprende la complejidad de las cosas que nos rodean, el sentido se hace más próximo al individuo y se hace más sensible ante los hechos que hacen funcionar el mundo.
EN LA MIRA
El valor de la lectura no debe desdeñarse en aras de voltear completamente hacia las tecnologías que rigen el mundo actual, debe haber un equilibrio. La lectura es tan necesaria como nutrirse para que el cuerpo funcione perfectamente. Ejercitar el cerebro, la mente, la reflexión y el gozo de la plenitud que va más allá de los simples gestos. El ser humano debe recobrar el sentido de su propia existencia, recuperar su propia historia para no caer en el precipicio digital.
Fuente: Diario Avance
