El escritor Eduardo Galeano comenta que en guaraní che ha’u significa ‘yo como’, pero también ‘yo hago el amor’. En ambos actos interviene una erótica que se anilla en el lenguaje, pues se hace el amor con la comida y se muerde la carne del amante deseado. Si Dios no hubiese querido que encontráramos esa relación entre la comida y el sexo —que se antoja pécora e impúdica— entonces en su diseño divino no existirían correspondencia de formas.
Plátanos, chiles, berenjenas y papayas son los favoritos al momento de tratar de encontrar similitudes entre los genitales y la comida ¿Cómo obviar la estructura fálica del plátano? ¿Cómo eliminar del inconsciente colectivo mexicano suspicacias cuando nos preguntan si nos gusta el chile? ¿Qué decir de la papaya?, su anatomía y viscosidad emulan a la perfección la intimidad femenina. La moda del Foodporn es eso, una moda, la mercantilización de la comida y el sexo en un mismo paquete, pero nos recuerda aquello que siempre ha estado ahí: la simbiosis entre los alimentos y el cuerpo. El rey Salomón comparaba —en Cantar de los Cantares— a su amada esposa con el embriagante perfume del nardo y el alquitranado aroma del azafrán, con el dulzón aroma de la caña y la maderizada pungencia de la canela, mientras declaraPOSIBLES
ba que en la joven boca de ella —justo debajo de la lengua— anidaba la frescura de la leche y la miel. Con la misma intención, pero menos sutileza que el sabio monarca de Israel, el libre mercado ha comercializado el entrecruce de la comida con lo corporal. Así, en Madrid existe el negocio La Pollería, en Ciudad de México Nasty Waffles y aquí en Tabasco La Nepería, tiendas todas que ofertan bocadillos que articulan sin reparo la palabra guaraní che ha’u. Waffles con formas fálicas y vulvares, sin omitir el coqueto detalle de la crema escurriendo por ellos en provocadora alusión orgásmica, son devorados con hambre y lascivia por clientes que buscan nuevas experiencias. Lejos de la poesía salomónica, La Nepería promociona «Ricos penes y sabrosas cucas», un negocio que funciona como una heterotopía, como un espacio insurrecto dentro de la moral citadina y que sin embargo es bien aceptado por una sociedad cansada de fingir la no-relación erótica de todo lo que gustamos meter en nuestro cuerpo o en el ajeno.
El pan es masa/carne pecadora que se redime en el fuego del horno, pero en algunas piezas aún se conservan vestigios de su pasado libertino. Un modesto bolillo trasmuta en vulva deseosa de ser saboreada, la herida longitudinal en su corteza crocante se muestra incitadora pues remite a las féminas labias en cada detalle. Cuerpo y naturaleza. Por otro lado, la almeja geoduck es quizá uno de los ejemplos más evidentes sobre el erótico humor del Divino en sus creaciones. Su forma sexosa hace que sea conocida en México como almeja chiluda —¡no podía esperarse menos!—. La geoduck vive un momento de perversa fama en redes sociales, múltiples videos la muestran siendo engullida por comensales aventurados que no temen mostrar en sus gestos sorpresa ante la revelación de la descarada familiaridad entre ese bivalvo y el miembro masculino. Este acto gastronómico expone —en tiempos feministas— más que una felación simulada, una antropofagia sublimada.
Comer y coger son verbos intercambiables, pecados capitales si se ejercen sin templanza. La gula y la lujuria se miran en el banquete, en el comensal apasionado que deglute sin mesura manchándose manos y rostro. Pero también se aprecian en el lecho, en aquel amador hambriento del cuerpo ansiado que toca, muerde y lame. Expuesto así, «Buen provecho» debería ser una frase aplicable no solo en la cortesía de la mesa, sino extendible a quienes suponemos pasarán un momento de éxtasis sexual, pues en ambos actos entra en juego el cuerpo y su voluptuosidad. Che ha’u.
POR: Alejandro Ahumada
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Fuente: Ahora Tabasco