David Morales
Mientras el Mundial 2026 avanza hacia la fase de eliminación directa, uno de los factores que más atención ha despertado entre médicos deportivos, fisiólogos y cuerpos técnicos no viste ningún uniforme. Se trata de la altitud del Estadio Azteca, ubicado a 2 mil 240 metros sobre el nivel del mar, una condición que la literatura científica identifica como una de las variables ambientales con mayor influencia sobre el rendimiento en el futbol de alto nivel.
La importancia del tema es tal que la revista Sports Medicine dedicó este año una revisión encabezada por Chris J. Esh y un grupo internacional de especialistas para analizar los desafíos ambientales del Mundial. El estudio advierte que la Ciudad de México y Guadalajara serán las únicas sedes del torneo disputadas en altitud moderada, un escenario que obliga a modificar la preparación física, médica y táctica de las selecciones. Los investigadores sostienen que la disminución de la presión parcial de oxígeno compromete la capacidad aeróbica, retrasa la recuperación entre esfuerzos de alta intensidad y altera el comportamiento normal del juego.
A diferencia de lo que suele pensarse, el problema no radica en que exista menos oxígeno en el aire, sino en que la presión atmosférica disminuye conforme aumenta la altitud. Esa reducción dificulta que el organismo incorpore oxígeno hacia la sangre durante esfuerzos repetidos. De acuerdo con la revisión publicada en Sports Medicine, el consumo máximo de oxígeno, conocido como VO₂ máx., disminuye entre 7 y 8 por ciento por cada mil metros de altitud a partir de los mil 500 metros. En una ciudad como México, ello representa una reducción suficiente para modificar el desempeño de futbolistas acostumbrados a competir al nivel del mar.
Las consecuencias aparecen conforme avanza el encuentro. El corazón necesita trabajar con mayor intensidad para transportar oxígeno hacia los músculos, aumenta la percepción de fatiga y el organismo tarda más tiempo en recuperarse después de cada carrera, presión o cambio de ritmo. Investigaciones del Journal of Applied Physiology y del British Journal of Sports Medicine, retomadas por la Comisión Médica de la FIFA, muestran que en partidos disputados por encima de los mil 200 metros los jugadores recorren entre 3 y 9 por ciento menos distancia total y pueden reducir hasta en 21 por ciento las carreras de alta velocidad, una disminución especialmente marcada entre los mediocampistas, quienes dependen de recorridos constantes durante los 90 minutos.
El impacto no termina en la resistencia física. La altitud modifica la estrategia de los entrenadores. Con menos capacidad para sostener esfuerzos continuos, los equipos suelen disminuir la intensidad del pressing, administrar mejor la posesión del balón y realizar sustituciones más tempranas para conservar energía en los minutos finales. Los especialistas también describen una mayor fatiga neuromuscular, menor capacidad de desaceleración y alteraciones en la toma de decisiones, factores que pueden traducirse en errores defensivos conforme avanza el reloj.
Paradójicamente, la misma condición que limita el rendimiento también favorece algunas acciones ofensivas. La menor densidad del aire reduce la resistencia aerodinámica y permite que el balón viaje con mayor velocidad. Estudios sobre aerodinámica publicados por Adrian Kiratidis y Derek Leinweber demuestran que la trayectoria de los balones cambia conforme disminuye la densidad del aire, modificando tanto la velocidad como el efecto de disparos y centros. En la práctica, ello significa tiros de larga distancia más veloces, trayectorias menos predecibles para los porteros y mayores dificultades para calcular rebotes y cambios de dirección.
La ventaja de jugar en el Azteca tampoco es una percepción subjetiva. Uno de los estudios estadísticos más citados sobre el tema, publicado en el British Journal of Sports Medicine bajo el título Effect of altitude on physiological performance, analizó décadas de partidos internacionales en Sudamérica y encontró que los equipos acostumbrados a competir en altitud incrementan significativamente sus probabilidades de victoria frente a rivales provenientes del nivel del mar. La revisión más reciente de Sports Medicine retoma esos resultados y añade que, históricamente, por cada mil metros de diferencia de altitud el equipo local obtiene una ventaja cercana a medio gol por partido. Además, durante el Mundial de Sudáfrica 2010 las selecciones que establecieron campamentos en ciudades elevadas duplicaron sus probabilidades de ganar cuando enfrentaron encuentros disputados en altura.
Por ello, la aclimatación se ha convertido en una prioridad para las selecciones que participan en México. Los especialistas recomiendan desde concentraciones en ciudades elevadas hasta el uso de cámaras hipobáricas que simulan condiciones de altitud para estimular adaptaciones fisiológicas antes del torneo. La revisión encabezada por Esh también describe estrategias como «live high, train low» y entrenamientos en ambientes hipóxicos para mejorar la tolerancia del organismo antes de competir en escenarios como el Azteca.
Sin embargo, la altitud no actúa sola. El Mundial 2026 enfrenta un desafío ambiental inédito al disputarse en tres países con diferencias extremas de clima, contaminación, humedad, calor y distancias de traslado. La propia revista Sports Medicine identifica cuatro grandes amenazas para el rendimiento de los futbolistas durante el torneo; el calor, la altitud, la contaminación atmosférica y los largos desplazamientos entre sedes. En el caso específico de la Ciudad de México, todos esos factores pueden coincidir durante un mismo encuentro.
Los primeros partidos disputados en el Estadio Azteca ya han vuelto a colocar el tema sobre la mesa. Aunque las selecciones llegan con años de preparación y tecnología deportiva mucho más avanzada que en 1970 o 1986, los especialistas coinciden en que ningún método elimina por completo los efectos fisiológicos de jugar a más de dos mil metros de altitud. El Azteca continúa siendo uno de los pocos escenarios del futbol mundial donde el entorno forma parte del partido. Allí, además del rival y del peso histórico del estadio, los futbolistas deben enfrentarse a un adversario silencioso que no aparece en las alineaciones, pero cuya influencia ha sido documentada durante décadas por la ciencia.
Fuente: Diario Avance
